La Revancha

En esta oportunidad los dejamos con otro cuento relativo a historias de fútbol cotidiano donde se relatan vivencias comunes dentro de cualquier terreno donde se juegue futbol 5. Las anécdotas del autor puede ser la que cualquiera de ustedes haya protagonizado dentro de un campo de juego. Esperamos los entretenga como a nosotros. ¡Buen año para todos!

La revancha (2018)

Lo que hicimos mal fue haber aceptado jugar aquel partido, haber entrado en la rosca de ellos, dejarnos manijear. La culpa es nuestra por haberles dado revancha siete años después, ¿para que? si habíamos sido los mejores durante años y eso ya estaba laudado. Había quedado claro después de incontables partidos donde les ganábamos indefectiblemente. Lo tenían claro ellos y nosotros, o sea ¡el mundo entero lo tenía claro! nosotros éramos mejores y punto. Pero viste aquello de agrandarse, y lo lindo de ponerse a boquillear en todas las redes sociales y ta, después que entras en esa, comentarios y amenazas que van y vienen cada vez haciéndose más importantes, desafíos magnificados siempre con una respuesta de tenor aún mayor, agravios e improperios mancillando el honor futbolístico del adversario. Una vez que te aceptan el reto ya no hay más nada que hacer, lo tenes que jugar sí o sí. No podes arrugar y quedar como un cagón frente a ellos, frente a las novias, a los compañeros de trabajo, frente a todo el barrio. ¿Qué vas a dejar que después se ande diciendo en la calle “mirá esos son los cagones que no quisieron jugar la revancha”? Entrás al supermercado del barrio y como miras a los ojos a la cajera de toda la vida sabiendo que en todas las redes sociales circuló la noticia de que se iba a jugar la revancha y vos no quisiste. Que perteneces a un cuadro de cagones que achicaron. Después de eso ya todos se olvidan que les ganaste siempre y se iban a quedar con esta última impresión, la de los que no quisieron jugar la revancha.

Además estábamos agrandados esa es la verdad, veníamos con años de viento en la camiseta, de mantener esa supremacía absoluta, de extender la paternidad durante varios clásicos. Nos creíamos invencibles, eso de pensar que si le ganamos siempre porque esta vez iba a ser diferente, y ahí la cagamos. Habían pasado siete años y eso no es poca cosa a nuestra edad, ya casi todos hechos mierda pasados los cuarenta. El Memi gordo como un sapo por la panza parecía embarazado de tres meses, jugó acalambrado todo el partido. Para colmo con el frío de esa noche de invierno estábamos todos medio resfriados (el auto corrector me corrige “resfriados” por “retirados” y la verdad que tiene razón, el tema de estar resfriados era lo de menos aquella noche), ya estábamos todos retirados. Yo hacía dos años que no pisaba una cancha de fútbol cinco, el Milico se había retirado mucho antes incluso, el Memi que era de los más regulares tampoco jugaba más, el único que más o menos se mantenía activo era el Flecha pero con lo que fuma ese hijo de puta es lo mismo. Y el Fiaca, el Fiaca tiene una paja mental, nunca salió de la adolescencia, terrible técnica, adecuado dominio del balón, buen físico, veloz, pero le das una pelota y no sabe que hacer con ella.

Sin embargo en el equipo adversario, nuestro rival de todas las horas, el “clásico de hermanos”, todavía estaban todos en actividad. Hasta creo que uno seguía jugando al futbol universitario sub 35. Solo la edad podía darle como un aliado la oportunidad de la victoria. Pero eso ahora, después de jugado el partido es solo una excusa y jamás se hablará de eso más allá de la interna en los asados nuestros. Es un tema de orgullo, de honor, si perdimos, perdimos y listo.

Los clásicos se jugaban siempre en cancha neutral ya que los dos equipos oficiábamos de locales en el “Víctor Raúl Lopetegui” por lo que para ambos era como jugar en casa. En eso ninguno nos sacábamos ventaja, todos conocíamos cada rinconcito de la cancha y eso es fundamental, los desniveles de las tiras blancas que demarcan las diferentes áreas, los pozos en el punto del penal o contra el alambrado, donde se acumulaba más agua si el encuentro se disputaba bajo lluvia. No se jugaban más de dos o tres clásicos al año, eso era lo que los hacía tan atractivos y que la victoria en esos encuentros fuera lo más anhelado por todos ya que la herida de la derrota continuaba sangrando por meses y no se curaba hasta el próximo encuentro. No nos habían ganado nunca y por eso cada nuevo partido generaba más expectativa, a ellos por ver si nos podían ganar alguna vez y a nosotros por mantener la racha del invicto. Llegaron incluso a conseguir refuerzos, te diría que del plantel original había máximo dos que se mantenían en el que nos jugaban los últimos encuentros, el Pollo capitán del equipo, jugador más desequilibrante y motivo de mantener el clásico por ser mi hermano y el Oso jugador de toda la cancha destacado por su físico corpulento y altura más que por su velocidad o habilidad con el esférico, con una visión del fútbol sumamente clara lo que lo llevó a ser periodista deportivo y reportero gráfico pero no a brillar dentro del terreno de juego, el resto eran refuerzos. Nunca lo quisieron blanquear ¡pero yo sé que eran refuerzos! Ponían excusas siempre al estilo “este era compañero en el liceo, ¿no te acordas?” o “es el hermano de …” pero en el fondo yo sabía que eran refuerzos! Eso fue un changüí que le dimos siempre, porque es sabido que esos partidos, mucho más en un clásico, los tenes que jugar con los de siempre, con tus amigos, no podes traer uno de “afuera” es algo que no se habla pero que se da por sentado, en esos partidos la única ley es la del honor y el orgullo de ser leal, de no sacar ventaja a la avivada, de ganarlo o perderlo pero dentro de la ley, como caballeros. Y si un día te falta uno tratas de buscar al que más la mueva o al que mejor en forma esté pero siempre dentro de la regla implícita que tiene que tener algún nexo con el resto del equipo. Por eso nosotros en todos esos años hicimos un único cambio obligado, ante la inesperada pero irrevocable pérdida de nuestro volante y manager el Zeta incorporamos al Fiaca, mejorando en años y disminuyendo en quilos. Pero perdiendo también años de conocimiento de un equipo armado siempre igual y que se conocía de memoria.

Durante diez años se jugaron unos veinte clásicos, todos con igual resultado de victoria para nosotros. Algunas más sufridas que otras, algunas más inciertas, de resultado ajustado o abultado pero siempre ganamos nosotros. Eran clásicos donde se jugaba con todo, no se crean que porque éramos hermanos y amigos de toda la vida se iba con pierna floja, no, todo lo contrario, hasta hubieron más de uno donde alguno salía lesionado o fracturado. La más famosa fue la de Jotaeme luego de un tranque con el Memi. Se jugaba siempre a pierna fuerte, nunca desleal pero cada pelota como la última. Un clásico. Sobre todo con el paso de los años y la creciente ansiedad que genera en el derrotado la invariabilidad del resultado ante cada nuevo encuentro. Pero en ese tipo de partidos a pesar de jugarse sin jueces siempre se respetan las reglas, nunca se reclama una falta, si cobró esta cobrado; si el contrario dice que la pelota salió entonces se fue; si te pega en la mano ya no la seguís corriendo, si ves que uno se está atando los cordones parás el juego y se la das al golero, y demás reglas dignas de la caballerosidad con la que se juega al fútbol cinco.

Nos preparamos para ese partido como lo que era, una final, lo lindo de no jugar campeonatos es que todos los partidos son una final. Suspendimos el asado de los jueves y nos juntamos en lo del Memi a jugar al 21 y planificar la estrategia. Íbamos a jugar con la táctica de siempre, la que entrábamos a la cancha y nos parábamos así, sin pensarlo, sin hablarlo previamente. Arrancando el Fiaca y yo atrás, el Flecha y el Memi arriba, para en el transcurso de la contienda ir rotando alineaciones subiendo de a uno a la vez y bajando inmediatamente uno de los que estaba arriba manteniendo siempre el cuadrado 2-2 o más bien trapecio de lados paralelos sobre las dos áreas y con los dos de arriba más juntos, a veces con un falso 2-1-1 cuando el adversario tenía la pelota donde el más adelantado pivoteaba en semicírculo presionando la salida del rival apoyado en el que quedaba en medio de la cancha siempre en línea oblicua respecto al posible pase en largo. Táctica que nos había dado tantas alegrías en todos estos años y que conocíamos al dedillo, la aplicábamos de memoria casi sin proponérnoslo. No requería demasiado despliegue físico y se basaba en dos aspectos fundamentales de nuestro equipo, la velocidad de los punteros a la hora de picar en busca del pase largo y el conocimiento mutuo de saber que el otro siempre iba a hacer esa jugada.

Aquella noche arrancamos bien, una aplanadora 6 a 0 a los diez minutos de juego. Promediando el match todo hacía vislumbrar que a pesar del tiempo la magia se mantenía intacta, que iba a ser otro partido de final conocido, un paseo vapuleando al adversario. Ya sin comernos la cancha como otrora pero con el conocimiento uno del otro que se mantenía como siempre, las jugadas eran de memoria: sacate a uno de arriba y juga largo a la izquierda, sabes que el Memi va a ir por esa. Toca atrás con el golero y de primera abierto a la derecha y pica por el medio, el Flecha te la va a devolver.

Y eso que ya no teníamos en el arco al Milico (de nuevo el auto corrector me corrige “Milico” por “mítico” y nuevamente no se equivoca) que era el mítico golero de nuestro equipo. Un maestro el Milico al arco. ¡Que golero el milico! Porque comenzó jugando al arco como todos los que van al arco, entraba por ser el de mayor quilaje a los veinte años, pero el hecho de atajar todos los partidos todo el partido le había dado una seguridad increíble, en épocas que al arco entraba uno diferente cada cinco minutos nosotros no, el Milico te jugaba los sesenta minutos al arco. Con poca movilidad bajo los tres palos pero con una habilidad tremenda para estar siempre bien parado, su volumen corporal cubría casi la totalidad del arco desde la perspectiva del que fuera a patear. Haciendo tapadas magistrales lograba mantener la valla invicta por el tiempo suficiente como para que nosotros pudiéramos hacer la diferencia. Era raro terminar con nuestro arco vencido en más de seis o siete ocasiones. También había cuadros que hacían el cambio de golero ante cada gol recibido. Nunca entendí eso porque el castigo por comerte el gol era salir del arco, cuantas veces uno está en esa indecisión de querer que te hagan un gol para poder salir que de última es lo que uno siempre quiere (a esa edad) y poder ayudar al equipo desde adentro. Pero no, es más fuerte el sentimiento de equipo, valía la pena jugar en el arco, la unión por la única causa, no perder bajo ningún concepto, no solo por las cervezas post partido que a veces pagaba el que perdía, sino más bien por el honor, por estar luego toda la semana haciendo las anécdotas y sentir la gloria de ser parte positiva de todas ellas.

Bueno como te decía arrancamos con ese aplastante 6 a 0, contundente, catastrófico para la moral del equipo adversario y sabíamos que ese era su punto débil. Creo que eso también fue un poco lo que nos afectó, el haber subestimado al rival a partir de aquel cómodo tanteador inicial. Que siempre perdieran contra nosotros era básicamente un tema de confianza, de cabeza más que de nivel de juego. Pero el tiempo pasó, para el partido y para nosotros, y luego de sendas maniobras vergonzosas ya en el complemento, primero el Memi enredado contra una columna de la luz al tratar de bajar una pelota. Pero ojo, la pelota quedó dormida, la bajó como en los viejos tiempos con delicadeza luego de pase de más de quince metros del Fiaca del borde del área propia hasta casi tres cuartas canchas ya en terreno antagónico. La pelota quedó dormida pero el quedó también medio dormido y abrazado a la columna luego de trastabillar un par de veces y casi hacerse mierda contra el alambrado. Te juro que por un momento lo vi quedar con la cabeza totalmente metida dentro de los huecos que quedan entre los barrotes que conforman la columna de hierro. Todo sucedió como en cámara lenta, me asusté por mi amigo. La acción quedaba tan cerca pero tan lejana. Los veinticinco metros que me separaban del suceso a esa altura del partido me parecían kilómetros infranqueables si tenía que ir a socorrer a mi hermano de la vida. Pero todo terminó bien por suerte.

La otra fue mi volea que impactó justo en el ángulo, pero no el del arco formado por el vertical y el horizontal sino el del soporte del techo de chapa contra la columna que sostiene el alambrado cerca del vértice cruce de las líneas de cal que definen el corner, o sea a unos veinte o veinticinco metros de mi objetivo. Luego de una doble triangulación el Fiaca me la baja al borde del área, la pelota queda elevada, suspendida en el aire a media altura, hermosa, frontal al arco y apenas fuera de la demarcación del área, inclino levemente mi cuerpo hacia atrás para embolsarla mejor con el empeine, rápidamente y con una mirada furtiva observo la posición del defensa y del guardavallas y sin dejarla picar aplico el derechazo sutil pero furibundo con fuerza como para que el balón mantuviera la dirección parabólica de forma tal que no se estrellara contra la humanidad del defensor de turno y tuviera la caída indicada para meterse justo por encima del golero rival entre el horizontal y el guante del desesperado goalkeeper tratando de impedir que cayera su valla. Hubiera sido un gol de antología pero el esférico caprichoso prefirió describir la trayectoria que les comenté en lugar di ir a parar al rincón donde duermen las arañas como era mi intención. Esos tristes episodios dejaron entrever la debacle que se avecinaba. Como que ver lo paupérrimo de esas acciones tiraron abajo la moral del equipo entero que fue contagiado por esos y algún par de otros eventos lamentables de cada uno de sus integrantes. Se notó en seguida porque comenzaron los insultos cruzados, fuertes, entre cada uno de nosotros, con esa libertad que te da la confianza de años de poder putear al otro con absoluta vehemencia sabiendo que nada va a afectar la amistad, que los agravios duran lo que dura la cerveza post partido y nada más. Antes de que los cuerpos estén secos del sudor, los insultos ya fueron olvidados y nacen nuevamente las risas, el cariño y las que con el tiempo se van a convertir en anécdotas del encuentro.

Ya en las postrimerías del juego y a partir de los bochornosos episodios los goles adversarios comenzaron a caer como lluvia, un chaparrón de goles uno tras otro, primero para empatarnos, luego para superarnos por primera vez en el encuentro y si mi apuras por primera vez en la vida. Solo una arremetida de orgullo de nuestro equipo más un par de corridas del Flecha quien era el único que todavía tenía aire en los pulmones nos llevaron a igualar el tanteador en 8. El marcador se mantuvo igualado durante un par de minutos de incertidumbre de cuál sería el resultado final, minutos de ida y vuelta pero sin peligro para el área rival. Hubo un reintento de volver a jugar pausado, bien parados atrás y salir armados pero fue la mejoría previa a la muerte, luego de eso cayeron consecutivamente tres goles de ellos para poner una diferencia en el score de 11 a 8 que definiría el marcador final. Diferencia que ya nunca más pudimos levantar. Cayeron los goles y cayó literalmente el Flecha, que después de bajar para cubrir barriendo lo que sería el gol que desequilibrara el encuentro ya no pudo levantarse más y tuvo que refugiarse en el arco. No pudimos volver a ponernos en partido incluso con el Fiaca corriendo allá arriba, el único que aún estaba por debajo de los treinta por ende en el mismo grupo etario que nuestros adversarios y que aún tenía energías para seguir corriendo faltando cinco minutos para el cierre del encuentro. Pero el desgraciado en una le dice al Flecha “salí que yo entro al arco”, a lo que este le responde con su característica franca y directa forma de dirigirse “déjate de arco pelotudo, sos el único que aún puede correr una guinda, ¡tenes treinta años, anda subí y trata de agarrar una! ¡Infeliz!”.

El resultado final ya no lo recuerdo exactamente pero es anecdótico, debe haber terminado 13 a 10, no importa, fue el primer y único partido que perdimos contra los del Pollo. Y todo por aquello de que aunque sea por honor debíamos aceptar darles la revancha.

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